El mar en la ciudad
No es esta una ciudad que sueñe con el mar, pero es como si hubiera subido el nivel de la marea hasta por encima de las frondas de los árboles, que vistas desde las azoteas respiran y se agitan, suben van regresan, resuenan de regreso en su resaca, y uno puede imaginarse por un momento que hay gaviotas en el aire. Las campanas llaman a la misa de la tarde, se encienden los puntos de luces de las casas en las faldas del Cerro del Fortín. El mar se retira, los árboles despiertan, se agitan para sacarse la sal de encima. Dicen que es así como encalló el teatro Alcalá en la esquina de Independencia y 5 de Mayo, después de retirarse una de estas mareas altas de octubre.
29.10.08
28.10.08
Día 114. (281008)
Fábula de las palabras enfermas
Enfermaron, sí, las palabras, como en una canción de Cri Cri. Se envenaron de sí mismas. Se pusieron a caminar en círculo, a bailar todas las danzas de la Guelaguetza, el charleston, el slam, la salsa. El tango o el flamenco. No importa. Bailaron hasta eclipsarse. Hicieron click y crack. Se repitieron tantas veces, que las mentiras acabaron convirtiéndose en malas verdades y los errores en aciertos. ¿Qué nació de eso? Una fea: la Política, que no admite sus errores, que a todos roba, y que de la debilidad hace una falsa fortaleza. Pesa tanto que agota nada más pensarlo. Las palabras, tristes, se condolían. Los poetas las consolaron. Es así como aún permanecen entre nosotros. Para todo bien, y para todo mal (como el mezcal). Lo sabe bien el fantasma de Malcolm Lowry, que sonríe desde donde ningún burócrata lo alcanzará jamás.
Enfermaron, sí, las palabras, como en una canción de Cri Cri. Se envenaron de sí mismas. Se pusieron a caminar en círculo, a bailar todas las danzas de la Guelaguetza, el charleston, el slam, la salsa. El tango o el flamenco. No importa. Bailaron hasta eclipsarse. Hicieron click y crack. Se repitieron tantas veces, que las mentiras acabaron convirtiéndose en malas verdades y los errores en aciertos. ¿Qué nació de eso? Una fea: la Política, que no admite sus errores, que a todos roba, y que de la debilidad hace una falsa fortaleza. Pesa tanto que agota nada más pensarlo. Las palabras, tristes, se condolían. Los poetas las consolaron. Es así como aún permanecen entre nosotros. Para todo bien, y para todo mal (como el mezcal). Lo sabe bien el fantasma de Malcolm Lowry, que sonríe desde donde ningún burócrata lo alcanzará jamás.
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