Remedio contra el insomnio
Oseas el profeta, no siempre resultaba fiel a su doctrina. “Si Dios es luz”, planteaba en sus enseñanzas, “¿cómo explicar la oscuridad? Pues porque Dios es también oscuridad, y digo”, decía, “que es infinitamente mayor la oscuridad de la creación que la propia luz”. “Pero Oseas”, preguntaban asustados sus seguidores, “tú que ostentas el don de la profecía, dinos entonces, frente a tal incertidumbre, ¿qué podemos esperar?, ¿cómo hemos de vivir con certeza con respecto a lo que nos depara el Señor?” “Si lo que quieres”, contestaba Oseas, “es la tranquilidad, no necesitas la certeza. Lo que no sé cómo es, si he de saberlo, ya lo sabré, a su tiempo; si no, pues no, y de igual manera no necesito saberlo, y por tanto no tiene por qué quitarme el sueño”.
2.2.09
1.2.09
Día 210. (010209)
Paracaidismo
Es cierto que en los resquicios de las bardas y en la parte de arriba, en las cabezas de los muros crecen plantas, y a veces hasta pequeños árboles, con tronco y todo: grandes hojas. Crecen sin que nadie las atienda, crecen solas; con más frecuencia en casas abandonadas del centro, o de lo barrios viejos, pero también crecen en casas habitadas de los mismos rumbos, y ahí están sin pedirle nada a nadie. Yo conocí a un nopal paracaidista que creció de entre los fierros de un carro oxidado y chueco, abandonado quién sabe desde cuándo en la banqueta, por Santa Lucía. Se levantaba de entre los fierros del motor vacío, tal vez por donde estuvo el alternador, o el depósito de líquido de frenos, espinoso, orgulloso y derechito, saludable. Necesitaba muy poco para ser todo lo que era y se pavoneaba como un ave inmóvil en celo de colores.
Es cierto que en los resquicios de las bardas y en la parte de arriba, en las cabezas de los muros crecen plantas, y a veces hasta pequeños árboles, con tronco y todo: grandes hojas. Crecen sin que nadie las atienda, crecen solas; con más frecuencia en casas abandonadas del centro, o de lo barrios viejos, pero también crecen en casas habitadas de los mismos rumbos, y ahí están sin pedirle nada a nadie. Yo conocí a un nopal paracaidista que creció de entre los fierros de un carro oxidado y chueco, abandonado quién sabe desde cuándo en la banqueta, por Santa Lucía. Se levantaba de entre los fierros del motor vacío, tal vez por donde estuvo el alternador, o el depósito de líquido de frenos, espinoso, orgulloso y derechito, saludable. Necesitaba muy poco para ser todo lo que era y se pavoneaba como un ave inmóvil en celo de colores.
Suscribirse a:
Entradas
(
Atom
)