Sombra indeleble
Era una sombra de una rama de un árbol bajo, que está aquí a la vuelta; pero era una sombra tal, que no hacía caso del desplazamiento del sol y permanecía siempre en el mismo lugar de la banqueta, como un dibujo inmóvil. Como quiera no era esto lo más extraño, sino que a fuerza de estar ahí comenzó a fracturar el cemento del suelo copiando la forma de la rama, de esa sola rama de ese árbol. Las demás sombras de las otras ramas se desplazaban como deben desplazarse todas las sombras de todas las ramas. Cuando la rama y el árbol mismo desaparecieron de ahí, se quedó la fractura que repetía la forma exacta de la sombra de la rama en el suelo. Ahí está: pasen a verla.
21.3.09
20.3.09
Día 257. (200309)
Cadáver vivo de un hombre muerto 2
Murió. Cerebral, corporal, biológica, científicamente, pero, su cuerpo, permanecía incorruptible, inodoro y suave. Parecía dormir, nada más. Lo dejaron en la casa. El hombre estaba muerto, no había duda alguna pero su cadáver persistía con una vida no orgánica. Una misteriosa vida de moléculas en tránsito, una vida mineral, una no vida, en realidad. Se movía; lento como una flor en crecimiento. Cambiaba de posición: de la horizontalidad mortuoria pasaba a una posición fetal más cómoda y humana. Doblaba una rodilla, tan lentamente que tardaba una semana, pero la doblaba. Cambiaba de lugar las manos, y también se deslizaba de su lecho hacia el suelo, sin caer de golpe, y de pronto amanecía acurrucado en la alfombra, casi bajo la mesita de la lámpara. Decían que era un milagro y lo dejaban estar con los vivos, al cadáver, claro, porque el hombre estaba y sigue estando convencidamente muerto.
Murió. Cerebral, corporal, biológica, científicamente, pero, su cuerpo, permanecía incorruptible, inodoro y suave. Parecía dormir, nada más. Lo dejaron en la casa. El hombre estaba muerto, no había duda alguna pero su cadáver persistía con una vida no orgánica. Una misteriosa vida de moléculas en tránsito, una vida mineral, una no vida, en realidad. Se movía; lento como una flor en crecimiento. Cambiaba de posición: de la horizontalidad mortuoria pasaba a una posición fetal más cómoda y humana. Doblaba una rodilla, tan lentamente que tardaba una semana, pero la doblaba. Cambiaba de lugar las manos, y también se deslizaba de su lecho hacia el suelo, sin caer de golpe, y de pronto amanecía acurrucado en la alfombra, casi bajo la mesita de la lámpara. Decían que era un milagro y lo dejaban estar con los vivos, al cadáver, claro, porque el hombre estaba y sigue estando convencidamente muerto.
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