11.3.09

Día 247. (100309)

Hábito

Es difícil decir por qué el fantasma de Malcolm Lowry ronda por el rumbo del mercado 20 de noviembre. Quienes lo han visto, y han escuchado sus entrecortados monólogos de borracho, dicen que se ve contento: ríe a menudo consigo mismo y con otros imaginarios, o incluso, al parecer, con quienes lo miran en ese momento y se sienten aludidos. Carga un libro, dicen, y una anforita. Es fácil pensar que ronda por aquí debido a su afición al mezcal, al que amaba y temía, como debe de ser. O bien por apego a la tumba en donde yace su amigo oaxaqueño; pero el cónsul, su alterego, murió cerca de Cuernavaca, despeñándose en esa barranca que le anunciaba una noche muy larga (la noche es de los borrachos, y el día también, pero más la noche). El mismo Malcolm murió en Inglaterra, perseguido por demonios que no estaban en la botellas. En la isla de Gabriola, por la Columbia Británica, Canadá, quiso comprar una casita blanca a la orilla del mar para vivir con Margerie, pero nadie le ha visto por allá, ni en ningún otro lado, sino aquí: es un fantasma sin casa que atormentar: sólo plancha las calles. Nunca lo han visto en La Farola, pero es sabido que alguien ataca las botellas de la casa de contrabando.

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